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La enfermedad en primera persona
A lo largo de los años de
estudio durante la carrera médica, nos vamos familiarizando con
alteraciones anatómicas, con modificaciones de los mecanismos
fisiológicos que se transforman en factores patogénicos y
tratamos de encontrar nexos vinculantes entre tales trastornos y
los síntomas y signos que nos relatan los enfermos o que
descubrimos en ellos al examinarlos. Buscamos también
explicaciones racionales para los desvíos de la normalidad que
muestran los exámenes de laboratorio y los modernísimos métodos
de diagnóstico por imágenes.
Cuando, no sin un considerable gasto energético
intelectual y físico, tras muchísimas horas de estudio, creemos
conocer profundamente las enfermedades tanto en sus aspectos
fisiopatológicos como anatómicos, intentamos planificar
tratamientos y nos volvemos expertos en pronóstico. Creemos
poder predecir la evolución de tales procesos hacia la curación,
o hacia el empeoramiento y la muerte.
Por el método del ensayo y error, luego de haber
equivocado las predicciones una y otra vez, luego de haber
sufrido angustias y frustraciones reiteradamente, empezamos a
preguntarnos si no hay alguna cuestión que se nos muestra
esquiva y que por inasible, nos lleva al fracaso. Algunos siguen
insistiendo en inquirir acerca de los signos y de los síntomas y
en confiar en forma ciega en los recursos tecnológicos, sin
llegar a entender por qué la misma enfermedad se desarrolla, se
manifiesta y responde a los tratamientos de manera muy distinta
de un enfermo a otro.
Nos damos cuenta entonces de que no podemos seguir
hablando de las endocarditis, los linfomas o los infartos de
miocardio que tenemos internados en el hospital, porque
semejantes cosas no son más que constructos culturales que
fabricamos los médicos para hablar un idioma común, pero que
cada uno de esos enfermos que supuestamente padecen la misma
enfermedad, son singularidades que debemos llegar a conocer para
poder interpretarlas y la única herramienta válida para ello es
la comunicación.
¿Comunicarnos con quién? ¿De quién se trata? ¿De qué
manera se ha enfermado? ¿Qué significa para él estar enfermo?
¿Tiene expectativa de curación? ¿A qué le teme? ¿Por qué ha
recurrido a nosotros? ¿Qué espera que le ofrezcamos?
Estos y otros muchos interrogantes aparecerán a lo
largo de nuestro vínculo. Para que se abra de verdad el abanico
de posibilidades que tenemos enfrente, enfermo y médico, es
necesario que tengamos dos cuestiones en claro: a) cuando
hablamos, decimos más que lo que podemos verbalizar, e incluso
lo que queremos ocultar y lo hacemos, con gestos, con silencios,
con miradas y hasta con posturas corporales que deberemos los
médicos, aprender a reconocer; b) las respuestas a las
inquisiciones que como médicos nos hacemos, sólo las tiene el
enfermo. Es imprescindible que sepamos escuchar y preguntar con
un oído inocente, es decir, sin imaginar ni dar por supuesta o
descontada una determinada respuesta.
Cuando realmente logramos ese nivel de escucha
profunda, la información que recogeremos no podrá menos que
sorprendernos y nuestro horizonte diagnóstico se ensanchará de
una manera insospechada y nos veremos enriquecidos al haber
revalorizado una enorme cantidad de información que, aun estando
frente a nuestros ojos, por mucho tiempo no supimos ver por
haber confundido al enfermo con la enfermedad y haber avanzado
por el camino equivocado.
En estos tiempos de deslumbramiento con la técnica
sofisticada, llegaremos entonces a la conclusión de que la
técnica de la narración y de la escucha, que le dan verdadera
carnadura a la enfermedad y la transforman en un relato en
primera persona, son en realidad los más importantes avances
tecnológicos.
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